¿El amor es para siempre?Cómo resignarse a terminar a una relación que no da para más
Celos, desconfianza, mentiras, engaños; son síntomas primarios de que hay un padecimiento en la salud emocional de la pareja. En ocasiones, tan ocultos como evidentes.
Allá lejos y hace tiempo parecieran haber quedado aquellas bodas de ensueño en las cuales los amantes se juraban amor eterno. Pero entonces, ¿cambió el amor, la época, quizás los hombres, tal vez las mujeres? o lo que es aún peor ¿se murió el amor? La muerte del amor sucede en vida. No es preciso que la culminación de una existencia determine el final de los sentimientos. Pues en dicho deceso, son varios los factores que posibilitan el final de una relación. No somos un ente permeable, por el contrario, de nosotros fluye toda la interioridad e ingresa todo la exterioridad, como un tráfico casi imparable de intercambio emotivo. Y es precisamente en ese canje, en el cual se transportan muchas de esas toxinas que matan al amor, si no son cuidadosamente controladas.
Síntomas del desamor Cualquier simbología que defina infidelidad sumada a una constante incompatibilidad emocional traducida como no recibir lo que se espera del otro -sin dejar de lado esa fastidiosa debilidad afectiva que resta tiempo y energías a la relación- son los síntomas primarios de que hay un padecimiento en la salud emocional de la pareja. Finalmente cuando ninguna de las partes en cuestión termina de adaptarse para enfocarse en intentar cambiar al otro, como la solución al asunto, echa mano a una lista de deterioros ajenos para justificar la propia disconformidad. Entonces, es momento de saber que amar, se ha convertido en una lenta agonía que pronto morirá. Sin embargo, amamos irracionalmente hasta el olvido pero mientras eso sucede recorremos un largo camino de angustia, dolor, soledad, resignación, espera, y desconsuelo en todas sus facetas. Aún sabiendo que aferrarse a un recuerdo puede generar depresiones y en casos extremos, hasta una ruptura con la realidad actual. Desafortunadamente la memoria no ayuda demasiado en el proceso de duelo, sino que juega un rol casi lapidario. Los seres humanos almacenamos sólo lo que registramos como relevante para nuestro interés. Así, olvidamos lo que no nos afecta o es indiferente y nos torturamos con lo que verdaderamente estamos implicados emocionalmente. Cuanto más intenso sea un recuerdo, más tiempo se mantendrá en nuestro pensamiento, sin importar lo destructivo que resulte su intervalo. Lo verdaderamente importante, es reconocer que intentar solidificar y prolongar las bases de un amor moribundo es jugar a la ruleta rusa con el cargador repleto de esperanzas. La ficticia fe que generan las falsas expectativas por no concluir un asunto, terminan destruyendo cualquier lógica que pueda sacarnos ilesos de un juego peligroso. El final de una etapa, indiscutiblemente, siempre señala el inicio de otra que difícilmente se pueda dilucidar antes de ser vivida. Después de todo, el amor y la muerte tienen algo en común... ambos son un misterio.
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